MadHatter a 3/15/2009 11:47:00 PM
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Anduvimos sin rumbo durante algún tiempo, el preciso para que se atreviera a formular su pregunta. Entonces no tuve más remedio que contar mi historia de verdad.
LA NARRACIÓN DEL DESDICHADO
No tuve padre ni madre que me contaran cómo y dónde nací. Mis recuerdos comienzan donde comienza mi vida: un puñado de niños llevados de un lado a otro del mundo.
Por dónde empezaré?? Tal vez fuera mejor empezar por el final. Desembarcamos siguiendo la ruta de Osiris en el Yermo. No sé cuántos éramos, siquiera sé cuándo fue; sólo sé que fue, y fue tal y como te lo cuento. Esperamos a que la nube de arena aflojara, como comprenderás la nave era grande por lo que la espera fue larga. Era lo suficientemente grande como para albergar a varios centenares de personas. Entonces no debimos de salir todos, sino los que nos encontrábamos en la parte de proa. Al salir uno de los Maestros nos condujo a través del desierto, según él era mejor así, si la nave se hubiera aproximado más al Gigante posiblemente nos hubieran localizado. Y quién sabe lo que entonces nos hubiera pasado!!! Así que allí estábamos, unas cien personas, caminando por el desierto, siguiendo a nuestro Maestro. El Maestro es el guía, antes de que podamos caminar por nosotros mismos debemos seguir al Maestro. Pero, el Maestro nos abandonó. No sé cuándo fue eso, para entonces apenas hacía más que caminar sin importarme adonde. Quizá haya sido ahora cuando haya tenido tiempo de preocuparme por el Maestro. Pero, si hay algo que reprocharle no es tanto que nos abandonara como la forma en que lo hizo. Vagamos por aquel lugar durante días, alimentándonos tan sólo del odio acumulado durante años. Nosotros partimos cuando se dio a conocer la primera acta de guerra, la declaración. Yo no fui quien decidió la marcha, algunos dicen que sólo los Dioses deciden y nosotros creemos decidir. Yo no creía nada salvo lo que ahora creo. Creo, como muchos, que el fin está próximo. Nunca viví una guerra, pero aprendí de ellas. Algunos Maestros me enseñaron. He tenido muchos Maestros a lo largo de mi vida. Cuando era niño ellos me acogieron, y lo sé porque es el primer recuerdo que tengo. Tengo su cara impresa a fuego en mi memoria. Ojos azul eléctrico, seguramente producto de alguna prótesis, amplia sonrisa y una cabellera rubia que caía en tirabuzones sobre su rostro. Su rostro estaba en frente del mío por lo que supe al instante que aquella sonrisa estaba dedicada a mí. Ellos me enseñaron el recuerdo de tantas guerras que apenas soy capaz de numerar todos los relatos que allí escuché. De cualquier modo me enseñaron a odiar la guerra y si hacía falta, incluso a combatir la guerra con la guerra. Esos fueron los primeros años, porque es lo primero que se aprende.
Eso fue lo que hice: estudiar. No era buen estudiante, pero los Maestros eran indulgentes conmigo. Como la mayoría de los que estábamos allí tenía graves problemas de aprendizaje. Trataron de enmendarme lo mejor que pudieron, me ofrecieron un hogar, me enseñaron y llegado el momento me enseñaron cómo era el mundo. El mundo es un lugar estéril, opresivo, eres preso del mundo desde el momento en que naces. Aquel ha sido siempre mi primer mandamiento y contra aquel mandamiento lucharé siempre. No he tenido otro mundo y lo único que me reconforta es pensar que dejaré un mundo mejor. Ahora comprenderás por qué vinimos aquí. Nuestro propósito era sabotear a Gigante, pero algo salió mal. Ruidos, voces inconexas, destellos intermitentes… es todo cuanto recuerdo. Pero es suficiente como para saber que no salió bien. Si hubiera salido bien ahora no estaría aquí. Si conservo la vida sólo los Dioses saben el porqué, si acaso estuviera muerto, entonces, como siempre se dice no hay de qué preocuparse. Pero, me preocupa la guerra. Algunos de los del grupo murieron, no sé cuántos sobrevivimos. Sé que los Maestros son dignos de confianza, volverán y terminarán con esta cruenta guerra. Cuando yo era pequeño solía pelearme y ellos siempre sabían poner fin a nuestras disputas, el más venerable de los Maestros es sabio como quien más, él sabrá poner fin a esta guerra. Lo sé, lo supe desde el momento en que le vi. Es un hombre viejo, escuálido, sus facciones antes duras han sido ahora borradas por el paso de los años, tan sólo queda el recuerdo de unos ojos vivaces por donde ahora corren arrugas. Recuerdo la sensación de escuchar su voz, cada ráfaga de palabras era también un estertor. Él estaba sentado en su trono, aquella sala formaba un rectángulo en cuyo centro un pasillo flanqueado por columnas desembocaba en su persona. Me dijeron que nunca se movía de allí, y es posible que nunca lo hiciera. De la silla brotaban cables que iban a dar a todo tipo de máquinas, máquinas herrumbrosas cuyo ruido a veces molestaba al hablar. Era demasiado pequeño, demasiado joven para saber qué eran esas máquinas. Él me dio la hora nueva y yo, satisfecho, sonreí. Sus palabras, con esta voz, eran tal que así:
-De la tierra regada en sangre brotan árboles vengativos, si tu sangre no derramas y la conservas hasta el final de tus días conservarás con ella tu sino y nada podrá empañar cuanto hagas, pues, habrá sido hecho por ti y no por la sangre de otros. En cambio, aquellos que buscan la venganza, no la buscan para sí, sino en el nombre de quienes les entregaron al mundo. Su sangre no les pertenece, pertenece a cadáveres y como cadáveres buscan la muerte.
Algunas veces sufrí su castigo, pero su castigo era una muestra encomiable de sabiduría. Jamás lo sentí como una afrenta o un daño, de ellos aprendí y son parte de lo que soy ahora. A veces era obligado a recapacitar en soledad, aprovechaba aquellos castigos para pensar no sólo en lo ocurrido, sino en mi pasado, en los buenos momentos. Gracias a aquellos castigos comprendí que yo no había nacido allí, era hijo, como todos, de un padre y una madre. Mantuve en secreto mis sospechas y traté como pude de averiguar más a ese respecto, lo que ocasionó que tuviera cada vez más tiempo para pensar. Conforme pensaba acudían a mí todo tipo de ideas indeseables, son quizá estas, las ideas que no se desean, las que terminan por marcar forma de pensar. Pensaba en la posibilidad de que yo fuera rechazado si ellos se enteraban, pensaba, ya más adelante, en cómo serían mis padres; llegué a pensar incluso en que podría haber sido secuestrado. Pero, un día aquello acabó. No quise saber nada más al respecto. No sabía nada y concluí que aquello era exactamente todo cuanto debía saber. No hice ninguna pregunta, ni nadie me contó nada. Es cierto que me gustaría saber qué ocurrió, a fin de cuentas todos lo saben, quién no ha escuchado de boca de sus padres el relato de su nacimiento?? Supongo que era mejor así, si habían decidido abandonarme sus razones tendrían, si habían muerto, nada podría hacer ya para remediarlo, y, sin duda, nada podía echar en cara a quienes con tanta hospitalidad me habían estado cuidando en su ausencia. Tal vez, ellos mismos me entregaron conscientes de que me aguardaría un mejor futuro. Tales pensamientos fueron decisivos, aunque durante años no haya vuelto a recaer en ellos. Durante esos años trabajé, trabajé duramente.
Yo había sido destinado a una colonia en la parte occidental, era una plataforma artificial que se alzaba sobre el Gran Océano, allí habían construido una pequeña ciudad autónoma a expensas de la confederación de naciones Zhu-urakis, pero en la práctica una autocracia. Allí pasé varios años de mi vida viviendo en el apartamento que me había sido asignado y nutriéndome de los suministros con que cada semana me abastecía la organización. Mi trabajo no era relevante, tan sólo una ocupación más gracias a la cual me mantuve atento de todo cuanto acontecía a mi alrededor. Fueron, sin lugar a dudas, los años más felices. El tiempo que pasaba trabajando me servía para aprender acerca de lo que ocurría más allá de las fronteras. En el taller teníamos una radio constantemente encendida, cuando hube resuelto las primeras complicaciones que me supuso aquel trabajo pude entregarme por completo a escucharla, a veces incluso negociaba con el capataz para pasar allí más tiempo. Es evidente que nunca antes había escuchado nada acerca del exterior. Durante mi infancia estuve siempre estudiando y atendiendo a mis obligaciones dentro de la escuela, lo que los Maestros ordenaban debía hacerse sin cuestionarlo, sólo unos pocos podían cuestionarles y sus palabras eran escuchadas y discutidas si así lo merecían, yo, en cambio, nunca tuve nada que decir. Aquellos estudios me enriquecieron por dentro lo justo y suficiente como para poder atender a lo que ocurría allí afuera y comprender qué nos depararían tales acontecimientos. Si la vida es un viaje hay que concluir que aquel lugar fue mi lugar de partida, y el lugar desde el que partas marca tu destino. Por eso nunca he querido renunciar a mi pasado, y quizá sea ahora el momento de contártelo.
Los principios siempre son recuerdos difusos. El mío, en cambio, está claro: no sé dónde nací, no sé quiénes son mis padres y apenas tengo más que una vaga idea del momento preciso en que vine al mundo. Desde que tengo memoria viví con la organización, en una ciudad artificial situada en la zona occidental: allí donde se levanta la frontera entre los dos mundos. Nunca salí de aquel lugar más que cuando salí, cuando me destinaron a la colonia de la que ya te hablé. La ciudad era autosuficiente, los Maestros gestionaban los propios recursos que allí se producían. El invernadero era grande, aunque tan sólo lo visité un par de veces, las veces que fuimos de excursión, acompañados de algún Maestro. Ni siquiera llegué a recorrer todo aquel entramado de túneles. Recuerdo también la piscifactoría y los laboratorios donde se sintetizaban todo tipo de carnes y fármacos a partir de los elementos primarios obtenidos de la superficie. Nunca llegué a ver la superficie, pero me han hablado de ella. Placas fotovoltaicas recogían la luz solar y la transformaban en electricidad, una cubierta de cristal permitía realizar predicciones meteorológicas y, una vez recogida, era el lugar idóneo para que despegaran los helicópteros. El único medio de contacto con el exterior eran aquellos helicópteros que partían cerca de dos veces por semana. No había otra forma, pues el terreno que circundaba la ciudad era escarpado y servía de muralla con que defender las instalaciones. Imposible hubiera sido también abrir túnel alguno entre aquella piedra. Es la piedra que llaman de Al-jadinsa. Alguna vez, confieso, tuve deseos de escapar; pero sofocados tan pronto como entré en razón. La atención que me prestaban era constante, hubiera sido difícil escabullirme. Aún así hubo una vez que lo intenté y el venerable me castigó haciéndome recapacitar durante dos días enteros. Aquellos días coinciden con mis días de desasosiego vital, hasta que comprendí que era mejor así. Puede decirse que los Maestros son mis padres. De ellos es de quienes he aprendido todo cuanto sé y a ellos debo mi vida. Me enseñaron bien, a distinguir lo bueno de lo malo, a seleccionar esto y desechar lo otro. Y no hay mejor enseñanza que esa, pues ahora sé que he de escoger. Mi obligación es por tanto deberme a ellos. Y no puedo más que rendir en cada una de mis palabras la gratitud que es menester.
Y dando por concluida con estas palabras la narración, repuso a esto el hombre, con incuria, si no habría yo de estar equivocado en mis palabras, habida cuenta de que fue abandonado por segunda vez. Y mi sazón se turbó hasta tal punto que repuse, hiriendo al cielo:
-Los Maestros nunca me han abandonado. Las razones que ellos tienen para no acompañarme las desconozco, pero tan justas serán como las que antes me dieran.
-Muchacho, te engañas creyendo que va a retornar el criminal a su lugar, pues su lugar es el crimen y no tiene más hogar que aquellos que a su paso va dejando en reguero de sangre. Los Maestros son secta, y de esto mismo te darías cuenta si en vez de rendirles agradecimiento les rindieras culto. No profesan amor allá donde van, al contrario, pues blasfema quien dijera lo contrario, siendo tu fiel testigo de su verdad. Verdad es que ahora estás donde estás y eso poco o nada puede negarse, sino como tu niegas, con vanas razones, la verdad que te ha traído hasta aquí. Y no es acaso verdad, como lo es esta tierra que pisamos, muchacho, que a tu desdén te han dejado, abandonado, como animal herido?? Si cautivo has sido de sus mentiras, no lo seas ahora de sus fantasmas. Hazme caso y medita, que meditar es sano, siempre que uno se atenga a razones. Y razonable es esto que te digo: a punto estuvo tu vida de concluir y eso un padre no lo quiera.
-Mientes. Mientes!!! Nada tengo que cuestionarles. Ellos son sabios y valerosos. Sabios por hacer lo que hacen y valerosos por hacer lo que harán. Y cuida bien tus palabras, pues no me ofendes a mí, sino a Los Maestros. Vendrán Los Maestros y entonces, con qué palabras insultarás??
-Sabes bien como yo, muchacho, que quien se va no vuelve. Y si razones tuvieron para irse, no menos tendrán para no volver, que si no ya lo hubieran hecho. Te digo esto no para ofenderte, sino para que te atengas a razones. Si como bien dices algún día te requieren sabrás entonces que mis palabras no erraron en decir una verdad, y es que tal como Los Maestros son secta, secta es que te traerá la perdición de que la fortuna te ha librado.
-Y digo de nuevo que mientes. Y mil veces si quieres te lo digo, que no hay razón para que un mentiroso me acompañe. Si ahora lo quieres vete, y sino cambia tus palabras.
-No puedo retractarme de una verdad.
-Entonces marcha y no vuelvas.
Allí nuestros caminos se separaron formando nuestras huellas mayor ángulo obtuso. Poco hay más que decir de aquí en adelante. Recorrí el desierto durante largo tiempo, tiempo en que el sol, en lo alto, no cesó de herir con gesto incendiario. Y a lo pronto que recuerdo me tumbé fatigado a expensas del desierto. La arena se hilvanaba, grano en grano, formando mortaja. Mis huellas, en el horizonte, seguían caminando en busca de destino incierto, como inciertos fueron mis pasos. Nada había con que pudiera encontrar camino, mas a cada paso iba abriendo camino como quien abre una brecha en mitad de la carne trémula. La sangre rezumaba, fresca, en indómito río, un río que se desborda. Así, al poco de caer mi vista se tornó roja, en un rojo luminoso. Y creía yo entonces estar ya delirando, sumido en pensamientos febriles que me llevaban más lejos de lo que pudieron mis pies. Creía haber encontrado, en mi agotamiento, la gota de sudor que colma el río. Pero, nada tengo ya que contar o mejor dicho, nada se me ocurría que decirme con que consolar mi estado. Así que viví sin palabras el rato que duró mi vida, extenuada, que no extinguida, sumida en cálido rojo.
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