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Ciencia y religión - I


... cuando el ascenso alcanzaba doce codos, hay hambre; en trece hay escasez; catorce trae alegría; quince seguridad y dieciséis abundancia gozo o placer.

Plinio el Viejo

Considero que urge realizar un viaje, un tranquilo viaje. Su urgencia se debe a la necesidad de distinguir, con más premura de la que convendría, aquello que es ciencia de aquello que no es ciencia. A su vez es necesario recorrer, con menos presura de la que convendría, la historia intelectual de Occidente, pues es del todo imposible comprender el hoy sin tener presente el ayer. Para ello dedicaré unas breves líneas a caracterizar el hacer científico contraponiéndolo a otros diversos “haceres” propios de la humanidad. En el presente artículo, como su título indica, me ocuparé de la religión, en concreto de las que atañen a occidente, las religiones abrahámicas.

La primacía de lo vivido sobre lo pensado se expresa a cada desvelo humano. Lo vivido pesa como una losa cuyo pesar es pensado y repensado, se desea desentrañar el significado del epitafio a fin de descubrir cómo aligerar el paso. Lo vivido, en tanto pensado, es un cadáver. Y, aún con todo, el hombre necesita tomar decisiones pese a la incertidumbre, necesita tomar decisiones porque está vivo, y porque está vivo quiere mantenerse en la vida, mas la vida acucia decidir. El decidir en el que más vida se apuesta es aquel que requiere una respuesta inaplazable; la respuesta misma es inaplazable porque de concederle tiempo sobreviene la muerte. Visto así no es más que un juego, una partida de póquer donde se arriesga la vida, y ante el previo conocimiento del ineludible envite uno hará lo propio: surtirse de teorías y, de entre ellas, nutrirse de aquella más eficiente, aquella que promete victoria. Esta misma justificación racional de cómo nosotros, como especie, adquirimos sabiduría es una teoría. ¿Pero qué clase de teoría? La experiencia dicta que entre la diversidad de lo mismo siempre podemos encontrar cosas que se relacionan por su calidad; que entre las teorías, la que nos permita sobrevivir más y mejor, será por tanto de mayor calidad. De ahí la necesidad de discernir entre tipos de teorías, una necesidad para la cual se aplica la misma teoría.

Estatua de Hapi. Museo de Bellas Artes de Lyon.
Fuente: Wikimedia Commons
Las teorías se distinguen en su modo de actuar, en su respuesta ante el hecho. En su modo de actuar se distinguen dos momentos: la satisfacción de la duda, pues sin la previa resolución del conflicto epistemológico que provoca el hecho no puede decidirse, y la actuación que sigue a esa resolución. A mejor respuesta mejor actuación, por eso buscamos teorías que impliquen un mayor grado de certeza. Si la certeza no fuera gradual no podría hablarse de teorías. Mas, quizá, si el hecho no hubiera suscitado en nosotros una duda absoluta, tampoco podrían existir teorías. Esta misma disertación tiene por objeto resolver una duda que subyace al hecho innegable de que teorizamos, y para su resolución estoy operando con una teoría que considero útil por el grado de certeza que me proporciona. El que pueda ocuparme de este hecho particular es porque otras personas, con anterioridad a mí, han invertido su tiempo en ocuparse de dudas más perentorias, las que subyacen a los hechos peligrosos, aquellos que dificultan la vida. Si el hecho de que la civilización egipcia se erigiera en la ribera del Nilo podemos entenderlo atendiendo a la proliferación de recursos alimenticios que propicia su cauce, es evidente que un hecho tan problemático como las crecida del Nilo debió causarles, como mínimo, estupor. Por eso el conflicto epistemológico, en su sentido más primario, es un conflicto vital. El conflicto vital que ocupó a los egipcios es evidente, mas lo que interesa es el cómo lo resolvieron para así comprender mejor los distintos tipos de saberes y cómo se articulan. En el momento en que fueron afectados por primera vez por las inundaciones el hecho debe ser entendido como simple apariencia. Las muertes que asolaron la región debieron infundir un pavoroso miedo entre quienes sobrevivieron al suceso, no tardaría en contagiarse el pánico a través de las narraciones de esa vivencia, causando así el desconcierto entre la población, desconcierto que por definición no es otra cosa que el “no saber qué hacer” de la duda absoluta. Ante semejante miedo hacia el Nilo, pero también hacia su dependencia, se gesta un primer mecanismo de supervivencia: el mito. Ahora la inundación es explicable, podemos atribuirle una causa y, más aún, acusar responsabilidad. El hecho es comprensible en tanto el desbordamiento del Nilo pasa a ser la llegada de Hapi (dios del Nilo). Lo sucedido ya es signo de algo, acaba de adquirir significado; y no hay mayor sosiego que conocer el significado de lo que ocurre a nuestro alrededor. El mito, en su modo de abordar el problema, ha conseguido solventarlo: se mantienen los asentamientos porque hemos conseguido justificar la muerte, hemos conseguido dar cuenta de ese problema que nos afecta. Esta resolución no es otra cosa que un dotar al hombre de control sobre la realidad, un ensancharse de su voluntad la cual se extiende a dominios que antes eran ajenos a su ser, así el mito se institucionaliza en tanto se genera en la sociedad una nueva división de trabajo: los sacerdotes. La función de estos hombres no era otra que comunicar a los dioses esa voluntad popular que desencadena el mito. Mas esta solución presenta un desarrollo ulterior en la cual Hapi, al ser venerado como símbolo de la fertilidad, adquiere un estatuto superior en el que no sólo expresa la dependencia de los egipcios hacia el Nilo, sino hacia el propio mito. Como bien sabían sus seguidores, que lo adoraban por encima del propio Ra (dios del Sol), se podía vivir en la oscuridad, pero sin el Nilo aquella sociedad habría sucumbido y lo que es aún peor, gran parte de los individuos que la constituían hubieran perecido. Así, Hapi es también padre de los dioses. Nos encontramos en los albores de la religión. Este grado de abstracción es un paso decisivo, su victoria supone la conquista de una realidad fragmentaria que pasará a ser integrada en la forma de un único dios en estadios cada vez más definidos hasta el triunfo del monoteísmo.

Nilómetro de Elefantina
Fuente: Wikimedia Commons
Una teoría sobrevive en función del control que proporcione a los hombres. Las primeras teorías, como todo, son siempre rudimentarias, pero con el paso del tiempo también el hombre aprende a teorizar, refina su trabajar dando lugar a teorías más sofisticadas. Los sacerdotes de Elefantina ocupaban un puesto privilegiado en la sociedad de la época, eran portadores de una responsabilidad que antes correspondía al Nilo y, como tal, la sociedad pasó de depender del Nilo a depender de los sacerdotes. ¡Imaginen el peso que tuvieron que soportar estos hombres! Las sucesivas crecidas del Nilo son experimentadas como fenómenos. El hecho ya no es inesperado, por lo que los hombres, desprovistos de su miedo, pueden mirar con nuevos ojos esa realidad. Ante esa carencia de miedo hacia el Nilo, pero también ante el hecho de que la repetición está recorrida por la diferencia, se gesta un segundo mecanismo de supervivencia: la ciencia. Son los propios sacerdotes quienes se encargan de la construcción de nilómetros mediante los cuales medir las crecidas y tener constancia de las diferencias; son ellos mismos quienes mediante tales registros dan a luz una de las mayores hazañas científicas: el calendario. La travesía intelectual es de una belleza absorbente: la representación de los niveles de agua ha dado lugar a la representación del tiempo, de ahí que para el poeta el tiempo sea una sustancia acuosa. De una presunción mínima, si acaso irrisoria, la del hecho particular que se hace patente a todos los hombres de Egipto, el Nilo no es siempre el mismo, sólo unos pocos han podido ofrecer una presunción más general de la que aquella es una de muchos casos. El control que otorga al hombre el calendario es muy superior al que otorga Hapi, tal es así que, como es sabido, el mito fracasa en su objetivo de proporcionar al hombre un mayor control; pero no es un fracaso estrepitoso, pues le brinda la esperanza que aguardaba en la ciencia. Mas en este primer estadio de la ciencia, tan restringido, el controlar sólo puede ser una aspiración de predecir. En tal caso, mientras antaño el sacerdote sólo podía ofrecer como testigo de la crecida sus rezos, ahora el calendario es testigo de la crecida; esto es: mientras el mito sólo ofrecía al hombre el consuelo de justificar el hecho pasado por las plegarias que lo antecedieron, ahora puede justificar el hecho futuro por su ahora en el calendario. Lo decisivo es que Hapi, que en tanto producción mítica es el resultado de una teoría, era un “instrumento” ligado al hombre, ejemplo de un saber meramente proposicional; en cambio, el calendario es una invención técnica, también producto de una teoría, pero que ofrece un saber eminentemente performativo puesto que relaciona la repetición de un evento (el movimiento cíclico) con el tiempo. Esta orientación de la referencialidad es lo que hace a una teoría superior a la otra en términos prácticos, que son, al fin y al cabo, los verdaderamente relevantes. Para hacer comprensible esta última afirmación debe admitirse que la tan ansiada Teoría del todo es superior al resto de teorías en la medida en que relaciona todas las interacciones fundamentales de la naturaleza entre sí; es decir, da lugar al desarrollo de una compleja red en la que se dispone la semejanza de todos los fenómenos físicos entre sí bajo un único principio omniabarcante y que por omniabarcante es común a todo fenómeno físico que bajo él se subsumen en su calidad de principio y, por ende, todo refiere en último término a lo mismo (todo está orientado hacia lo mismo). Por eso mismo, si Hapi está ligado al hombre, no sale de él, es porque a la teoría mítica conviene la autorreferencialidad que implica orientar la referencia al propio productor de la teoría: el hombre. El explicandum de la metateoría, que es la pregunta por el mito, remite a un explicans que es el propio hombre: no es posible dar cuenta de Hapi sin mentar a los hombres (el hombre crea a Hapi). En contraposición a esta autorreferencialidad la ciencia propone una teoría que es ajena al hombre (o que como mínimo lo divide reductivamente en partes carentes de humanidad): para explicar lo cíclico, la repetición, no se precisa mentar al hombre (el movimiento cíclico no es un producto humano, será si acaso un producto de la naturaleza). Este atributo, propio de las teorías científicas, es lo que permite falsar la teoría. Por ejemplo, gracias al calendario es posible precisar cuántos días restan para la próxima inundación de tal suerte que si no se cumple el pronóstico es legítimo concluir que la teoría no se ajusta a la realidad y, por consiguiente, carece de utilidad. La teoría mítica puede ofrecer predicciones, al igual que la científica, mas si no se cumple siempre se achacará a un error humano: Hapi no ha llegado puesto que no fue venerado como correspondía, los sacerdotes no le han rendido el culto que merecía. En consecuencia, no es la predictividad la que permite falsar la teoría, sino la supresión del hombre (y si se profundizara más sobre esta característica se concretaría que no tanto el hombre como la voluntad o libre albedrio que le es propia).

De lo dicho con anterioridad se desprende, y sirva este compendio a modo de resumen, que sólo hay ciencia de lo cíclico, sólo puede haber ciencia de la repetición, no se puede legislar la diferencia. Legislar es establecer relaciones de fidelidad entre cosas, así la invariabilidad del ciclo de inundaciones sirve para fijar la constancia del tiempo: el inicio del ciclo se asocia al comienzo del año del calendario egipcio. Mucho habrían de confiar los sacerdotes de Elefantina en tal regularidad para disponer a tales efectos, sólo cabe atribuir semejante confianza a la seguridad que infunde el conocer ese “algo” que es tal como el algoritmo según el cual se suceden los números de una serie matemática o cualquier otra serie de cosas que se desplieguen en el tiempo reglada lógicamente. Lo que se hace patente al hombre, aquello que para él rige la serie, esa formulación a la que el hombre está constantemente inclinado, es lo que se conoce como patrón. El hombre establece patrones por una necesidad económica, fisiológica inclusive: su intelecto es finito. Así, si por esa lógica de la costumbre sólo es factible atender a la singularidad del Nilo, se escapa como prestamista de permanencia otro ciclo que dibuja una figura muy distinta del tiempo, la que para el poeta es metáfora astral y que está presente en toda cosmovisión mítica. Me estoy refiriendo al otro gran evento que marcaba el inicio del año: el orto helíaco de Sothis (la estrella de Sirio) (verdadero movimiento cíclico detonante de la nueva ciencia de la que hablaré próximamente). Es este otro fenómeno en plena competencia con el de la crecida del Nilo, lo único que puede privilegiar a uno en detrimento del otro es su mayor o menor repetitividad, esto significa que lo que se requiere del fenómeno es que albergue un menor número de diferencias en su seno. Ante esa pluralidad los sacerdotes se ven obligados a decidir, y ciertamente lo ideal sería realizar un minucioso escrutinio en busca del fenómeno perfecto entre la totalidad de los posibles, pero a la postre esto es imposible pues al hombre no se le prestan los fenómenos en simultaneidad. Al igual que el artista realiza su obra ateniéndose a los materiales y medios de que dispone, el científico debe atenerse a los fenómenos de que dispone, de lo contrario adolecería del mal del filósofo. Los resultados de tal investigación científica llevaron a los sacerdotes al descubrimiento de que cada cuatro años Sothis se retrasaba un día, o lo que es lo mismo: su ciclo, que se creía idéntico al de las inundaciones, resultó ser otro ciclo. Tienen, pues, dos ciclos de los que se deducen calendarios ligeramente diferentes. Ante este hecho la actitud de los sacerdotes fue conservar ambos, reservando para la élite político-religiosa el calendario astronómico mientras que el calendario civil seguiría rigiéndose por la fecundación de los campos. No pudo haber decisión más desacertada pues en la práctica tal división resultaba ridículamente ineficaz teniendo como consecuencia un desfase temporal del calendario civil. La solución óptima hubiera sido acallar a uno de los dos fenómenos, ignorarlo por completo y, en consecuencia, instaurar años bisiestos, pero la previsible oposición de los sacerdotes hizo fracasar la conocida como reforma de Canopus (congreso celebrado el 7 de Marzo de 238 a.C con objeto de imponer el calendario de Canopo, posteriormente conocido como juliano tras ser exportado a Roma por Julio Cesar e implantado el 1 de Enero de 45 a.C.). He aquí que lo que explicita este suceso es la división entre los propios sacerdotes entre aquellos para los cuales era menester proteger la teoría mítica y aquellos que preferían la científica, o lo que es igual: entre religiosos y científicos. La reunión, llevada a cabo en Canopus, actual Alejandría, congregó a los hierográmatas y otros líderes político-religiosos del Antiguo Egipto, cabe suponer que entre ellos se encontraban representantes del templo de File quienes se habían consagrado al culto a Isis (Gran diosa madre, fuerza fecundadora), en pugna directa con Hapi por ostentar el título de Rey de los dioses. El culto a Isis se había extendido por todo el Mediterráneo, protagonismo que debió arrancar más de una envidia entre el resto de sacerdotes, especialmente los de Elefantina. Tal es así que una nueva explicación mítica de la crecida del Nilo había sustituido a la de la llegada de Hapi, por aquel entonces se decía que el Nilo se inundaba a causa de las lágrimas que Isis derramaba en honor a su difunto marido Osiris. El Decreto de Canopus privilegiaba a Isis, en tanto era identificada con Sothis, consagrando a ella el día de apertura del año. Es previsible que se sucedieran las protestas y, finalmente, no se llegara a ningún acuerdo porque, en el fondo, lo que estaba en juego era una cuestión valorativa: privilegiar a Isis supone privilegiar a File en detrimento de otras regiones egipcias como Elefantina donde, en último extremo, subyace la legítima demanda política de una mejoría en las condiciones de vida de sus habitantes. Por consiguiente los valores, al proceder del sujeto, se deben estimar siempre como una demanda jerarquizadora en beneficio del propio sujeto. Lo religioso, por su propia autorreferencialidad, está recorrido de valores lo cual le otorga un carácter específicamente ético, mientras que a la ciencia le es imposible legislar sobre las costumbres de los hombres. Ante este hecho también se pone de manifiesto, como vimos al destacar la disputa entre Hapi e Isis, que las teorías míticas no precisan de coherencia alguna en relación al resto de teorías de su misma índole, más aún, son siempre teorías aisladas vinculadas a las necesidades específicas del seno en que nacen; es decir: justifican una serie de valores beneficiosos para su séquito y que, lógicamente, entrarán en disputa con otros valores sometidos a otros intereses. El lector que me acompaña en esta disertación ya habrá advertido que el teorizar ejercido en estas líneas no escapa a la subjetividad, mas como ya puse de relieve entra en contradicción con otras explicaciones sobre el mismo hecho lo cual denota, inequívocamente, que como autor no puedo quedar eximido de una cierta, aunque mínima, responsabilidad moral. Con ello no quiero decir que tras estas palabras subyazga un código de conducta tal como le es propio al hacer religioso, pero tampoco es ajeno a ello del modo en que lo es el hacer científico. Por consiguiente, el poder establecer semejante graduación entre los distintos tipos de saber en virtud de su grado de objetividad, esto es: en relación a su validez con independencia del hombre, es una prueba eficaz para clasificar los distintos “haceres” propios del hombre la cual, a su vez, establece una jerarquía mediante la que se señala a un reglamento concreto de la actividad humana en oposición a otras teorías que no atenderían a estos rasgos definitorios.

El faraón Akenatón y su familia adorando a Atón
Fuente: Wikimedia Commons
La mitología egipcia es una entre muchas, a la cual le concede unidad la filiación existente entre las diferentes divinidades. Los diferentes cultos diseminados por toda la región son así agrupados constituyendo una teoría más compleja donde se integra la narratividad la cual posibilita dar cuenta, mediante el mito, de fenómenos metafísicos, como la procedencia del hombre o del universo y sus destinos (más allá y fin del mundo), e históricos, como el origen de la civilización. Las leyendas así narradas rara vez encuentra oposición, pues ya no refieren a apariencias particulares, sino a apariencias universales o con pretensión de ser comunes a todos los hombres, como es el caso de las leyendas fundacionales. A fin de clarificar estos conceptos tomemos el ejemplo del relato cosmogónico. En él encontramos como primer elemento las aguas primigenias, Nun, de las cuales emerge espontáneamente la tierra original que sirve de soporte al primer dios cuya identidad varía según la versión: para la cosmogonía heliopolitana era Atum, Ptah según la menfita. La primera creación es la de la palabra que nace del diálogo que el demiurgo entabla con Nun y a partir del cual se hace consciente de su soledad y, para aliviar tal dolor, crea el mundo conocido. A partir de tan sintético bosquejo del mito de la creación se hace patente cómo el relato se nutre de las vivencias, tanto a nivel conceptual al ser el primer elemento el agua, como a nivel artístico, Nun era representado como sapo en su versión masculina y como serpiente en la femenina (es importantísimo distinguir entre la versión conceptual, puramente religiosa, y la artística, subordinada a la religión, pero carente de religiosidad per se). También se puede advertir cómo la teoría mítica es capaz de aclarar un sinfín de dudas a las que la ciencia no tiene acceso: origen del lenguaje, origen de la vida, origen de los dioses, origen del hombre, fin del hombre, fin del mundo etc. Pero esta característica de la teoría mítica constituye ya una revisión de aquella que habíamos tratado en líneas anteriores, pues ahora, mediante la narratividad, las diferentes deidades protectoras han sido vinculadas para dotar de sistematicidad a la teoría. Como fue dicho anteriormente tal filiación anuncia la llegada del monoteísmo y, tal como sentenció el gran egiptólogo Flinders Petrie, podemos considerar la reforma religiosa de Akenatón (cuyo reinado data, aproximadamente, de 1353-1336 a. C.) como el primer periodo monoteísta del que se tiene constancia. Fue este un intervalo efímero debido a razones políticas, razones que impulsaron al Faraón a rechazar el culto dinástico a Amón (dios de los vientos) y sustituirlo por la deidad solar Atón para lo cual erigió una nueva ciudad, capital político-religiosa, bautizada como Ajetatón (que significa horizonte de Atón). Pero el Atonismo venía acompañado de otras polémicas medidas que rápidamente suscitaron el rechazo de las autoridades sacerdotales: se proscribió la veneración al resto de dioses y el Faraón asumió la máxima autoridad religiosa en detrimento del Sumo sacerdote de Amón. ¡Hasta qué punto se tambalearían los cimientos de la sociedad para que hubiera de decretarse una damnatio memoriae contra el conocido como Faraón hereje! Hubo de ser su hijo, Tutankamon, quien publicara el Edicto de la restauración. A mi juicio este importante episodio histórico recoge todas las características que son necesarias analizar en el estudio de la evolución de las teorías religiosas puesto que en la confrontación nos encontramos, de un lado, a una teoría mítica en su segundo estado, y del otro, el nacimiento de la religión al que precede un inmenso y sintomático silencio y cuya derrota evidencia, no ya sólo la íntima (y quizá indisociable) ligazón entre política y religión, sino que los hombres de aquel entonces no estaban preparados para la consolidación de un evento que habría de ser necesario.

Finalmente, es menester reiterar el carácter meramente ejemplificador remarcando la meta clarificadora y lamentando los errores que haya podido cometer en mis escasos conocimientos de egiptología.

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